El “cero energético” nos proporcionó una nueva justificación narrativa para emplear, quizás de modo alegre, el término distopía. En los últimos años lo hicimos para referirnos a la pandemia de SARS-CoV-2; la crisis alimentaria agravada por tensiones inflacionistas, la guerra de Ucrania o el cambio climático; la situación de las mujeres en Afganistán tras la nueva llegada al poder del régimen talibán; la catástrofe humanitaria en la franja de Gaza; o el ascenso de la autocracia y la fractura del orden internacional, entre otras.
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