Se acaba de aprobar in extremis en el Congreso la Ley de Movilidad Sostenible (ya veremos que sucede en el Senado). Su contenido es un conjunto de buenas y ambiciosas intenciones, pero parece un suflé que, sin el compromiso político de las distintas administraciones, puede desinflarse y quedar en unas millonarias inversiones de fondos europeos que no redunden en un cambio decisivo en la movilidad, sobre todo en la movilidad urbana.
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