El sábado 3 de enero Paco Triana y su mujer luchaban para salvar su chiringuito en la playa de Matalascañas. Con tornillos y maderas, iluminados con el móvil de un vecino, ya de noche, aseguraban la estructura mientras las olas de la borrasca Francis empezaban a golpear con fuerza. Esa noche, los daños parecían controlados. Pero el domingo todo cambió. “Los postes que sostenían el chiringuito empezaron a ceder y la policía y los bomberos no nos dejaron acercarnos”, cuenta Triana a unos metros de los restos del negocio que regenta desde hace 32 años. Horas después, se vino abajo como un castillo de naipes.
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