Durante años se ha asumido que las grandes rapaces se habían acostumbrado a la presencia humana. La afición al senderismo, la escalada o el ciclismo compartían el territorio con ellas sin que, en apariencia, nada cambiara. Esa idea autocomplaciente se ha derrumbado con los datos. El seguimiento por GPS revela un patrón de comportamiento persistente: cuando aumenta la actividad humana, las aves se mueven más, recorren mayores distancias y asumen también mayores riesgos para su supervivencia.
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