Hay un malpaís que no tiene nombre. Es el de la tierra calcinada por el fuego. Es el paisaje de nuestra sierra ya devastado por la violencia de las llamas. Un territorio arrasado. Una aridez nueva que huele a madera viva, a algún tipo de incienso también que se ha quemado porque el fuego ha abatido a la naturaleza; que huele a goma fundida y metales derretidos cuando lo hace sobre lo que han levantado los hombres y las mujeres de sus pueblos. Como si un enorme soplete hubiera abrasado desde el cielo y a gran velocidad el verde de los pinos, dejándolos en pie, quemados a la mitad, entrando en los valles, surcando las carreteras, dejando en esqueleto las casas o ni siquiera en eso, salvándose del agua, eligiendo propiedades, saltando sobre otras. Una bola de fuego salvaje que asomó una noche por detrás de los montes quietos, que se barruntaba con su resplandor de tormenta roja, y que todo lo ha vuelto ceniza.

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