En enero de este año, Roberto Sánchez, de la organización ecologista CBD y experto en la conservación del águila imperial ibérica, escuchó el grito de un ejemplar de la especie, que pasaba por encima de su casa en Parla, un municipio de 137.000 habitantes pegado a Madrid. “Hace unos años, algo así habría sido tan improbable como que te tocara la lotería de Navidad”, señala. Escenas como estas muestran que, pese al declive generalizado, hay aves a las que les va bien. Ahí están el águila imperial ibérica —única en el mundo—, o el buitre leonado ―España alberga el 90% de la población europea― que han salido adelante gracias a las políticas de conservación. Otras, de tamaño más discreto, como el petirrojo o el picapinos, el pájaro carpintero más común en España, se benefician del aumento de la superficie forestal que se está produciendo debido al abandono del campo.
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