Son incoloros, inodoros e insípidos. Y también enormemente tóxicos. Los químicos eternos (PFAS o forever chemicals) nos rodean desde hace décadas y aun a día de hoy no existe una normativa que los regule de manera concluyente. La razón es que los productores, la industria química, han estado escondiendo durante décadas los impactos en los ecosistemas en los que se vierten, y en la salud de las personas que viven cerca de las empresas donde se fabrican, evadiendo así toda responsabilidad.
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