El calor extremo evidencia la desigualdad que atraviesa a millones de hogares españoles

Puede que, en un quinto piso sin aislamiento en Vallecas, un barrio popular al sur de Madrid, el termómetro supere los 30 grados. La ventana está abierta, pero no entra ni una brisa de aire fresco. El edificio de cemento sigue irradiando el calor acumulado durante el día. A kilómetros de allí, en barrios próximos a grandes zonas verdes como Aravaca o el entorno de Retiro, la noche es distinta. Los árboles del parque amortiguan el calor, las fachadas reflejan parte de la radiación y los vecinos duermen con relativa normalidad. La temperatura interior puede ser de hasta ocho grados menos. Allí, el verano sigue siendo incómodo, pero en el otro barrio se transforma en una amenaza. No es solo una sensación desagradable en el cuerpo.

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