César Borges vive en Punta Brava, un barrio del Puerto de la Cruz, al norte de Tenerife, en una casa blanca justo frente a un emisario de aguas residuales. Por la ventana, la misma por donde su madre le vigilaba de niño, ve a veces cómo las aguas donde se crió se manchan de marrón. Después de toda la vida allí, este profesional ya retirado de bodyboard, un deporte acuático, cuenta con amargura cómo su hija le pregunta adónde van a ir ahora a bañarse. Playa Jardín, el corazón social de este barrio, cerró en julio del 2024 por contaminación fecal. Una fisura en el emisario submarino ha estado vertiendo durante años aguas fecales sin tratar a pocos metros de la costa. Y aunque la playa reabrió en junio de 2025, tras supuestas reparaciones, los vecinos aseguran que han sido parches que no resuelven el problema. “¿Qué les dejo a mis hijas, o a mis nietos?, ¿qué les voy a dar?, ¿mierda?”, se pregunta César.
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